Confieso que a veces las sutilezas del entresijo legal se me escapan. Soy uno de esos pobres infelices que todavía se rascan la cabeza cuando oyen que un juez condena a 40.000 años de prisión a un imbécil y luego se explica que de los 40.000 cumplirá unos 15, o menos. Supongo que si usted, como yo, se pregunta entonces para qué condenarle a los 40.000, o a 250.000 millones de siglos, por decir algo, es que no ha entendido nada acerca del juego.
C. Ruíz Zafón

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