“Solange”, gritaron, “Nena”, siguieron, “Tesoro”, no había respuesta…
Estaba absorta en si misma, en el sol que se batía con las nubes y se cernía sobre sus errores, haciéndolos brillar y enfatizando un recuerdo febril.
En el andén de su memoria, se dirigió hacia el borde del precipitado abismo que se abría bajo sus pies…
Unos pies pequeños, oscuros, que recuerdan a esos sitios transitados, a esos lugares que viven lejos y que mueren más adelante. Su vida era repetición armónica, primero el derecho y luego su hermano, siempre eran dos, uno seguía al otro para volver a empezar. Sencillo hasta la muerte. Y era la muerte de la sencillez lo que les esperaba, pues si uno perdía el rumbo, el otro también flaqueaba.
Y llego el precipicio abismal, un agujero negro, parecido al que devolvían los ojos de Solange cuando alguna vez me atreví a mirarlos fijamente. Sentí frío, pero un frío candente, un frío que en lugar de adormecerme me acarició suave pero intensamente, de dentro a fuera, calmando mis anhelos.
Anhelos que son solo marcas humeantes de unas ganas olvidadas, de unas huellas ligeramente borradas, como la marca de un reloj en una muñeca presa del tiempo expuesta al sol durante todo el día, como la marca de un anillo que me comprometía.
Y, de repente, frente a la concavidad de la tierra en ese precipicio, lo tiró todo. Vomitó gritos, huellas, sangre y mucho amor. Pero no amor feliz, sino esa clase de amor que queda de los sueños al despertar, un amor nostálgico de falsedad, de cosas no vividas.
Su larga melena castaña ondeó al viento de septiembre, voló alto, dejando al descubierto un lunar en costado derecho de su cara, que, hasta ahora, parecía crecer con cada suspiro, que, hasta ahora, había renacido cada mañana dejando constancia de una herida nocturna en el espejo del alma.
Y digo hasta ahora, porque en el abismo lo dejó todo, sus sueños, sus anhelos y hasta su lunar. Su nombre. Dejó su ropa, sus prejuicios y sus virtudes. Dejó todo aquello que la hacía ser ella. Dejó el anillo que la unía a la vida que acababa de cerrar. Y tiró la llave.
¿Qué hizo luego?
Se fue a dormir entre sábanas de azahar y almohadones de azúcar glaseé. Se contagió de miedos futuros olvidando los pasados.
Cuando despertó no había abismo, sus pies morenos pudieron seguir su marcha gemela, cada uno por su lado, resonando como un canon de pisadas, librando una batalla contra el suelo, recordando errores pero olvidando desenlaces fatídicos, construyendo un nuevo camino.

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