En aquel momento lo supo.
No antes, ni después, tan sólo durante un segundo, únicamente en ese preciso instante, como si de un latido se tratase, como un miedo vencido, un impulso atrevido o un pensamiento fugaz.
No antes, ni después, tan sólo durante un segundo, únicamente en ese preciso instante, como si de un latido se tratase, como un miedo vencido, un impulso atrevido o un pensamiento fugaz.
Una respiración agitada da lugar a mil maneras de describir la inmensidad de un sueño furtivo. Una respiración que viene de dentro, que queda impresa en el destello del alma, un recuerdo latente, que cuanto más intentaba borrar para volver atrás más presente se hacía.
Soñar, volar, creer y volver a caer.
Cuanto más anhelaba algo, menos le importaba lo demás y era cuando sentía que iba a perderlo todo cuando empezó a revivir la sensación de desesperación. No, no de desesperación, sino de desenfreno cortés y de delicada e irremediable aquiescencia. Un ademán de certero mutismo emergía del nudo de su garganta en momentos como el que vivió en ese segundo interminable. Un segundo que duró una eternidad, que duró toda su vida, porqué fue su vida entera la que se congeló frente al mar de su recordar, fue la totalidad de sus sueños vividos y de los que le quedaban por vivir los que brotaron del oleaje repentino en el que se vio sumido su despertar.
Decían los que la querían que el pensar no debía ser la presa que contuviese su felicidad, que no lo pasara mal y que no era ella la única que debía tomar decisiones. Le decían que nada le apremiaba a decidir las cosas, pero ella no sentía que aquello fuese verdad, ella sentía constantemente la necesidad indecente de calificar cualquier estado calificable que formase parte de su vida.
Ella observaba por la ventana y veía gente paseando por la angosta calle que ascendía serpenteando hacia el andén de la estación olvidada de su mirada. Veía reír, veía hablar, veía felicidad, pero también veía rabia, agobio y desinterés en los expectantes viajeros de la estación inventada. Miraba buscando miradas perdidas, miradas perdidas como la suya, que se intentaban nutrir de emociones ajenas ya que su propia vida no les brindaba ninguna. Que duro reconocerlo, pero ella sabía que en su caso aquello no era cierto, todo lo que sentía sólo era el resultado de un segundo de frenética actividad en su mente. Su vida estaba llena de momentos inolvidables, de estallidos de alegría incontenible y de personas que se presentaban como un sustento fundamental, pero en aquel momento era presa de un misticismo inquebrantable que se traducía como el eco de un misterioso vacío.
Era simplemente eso, que sin él se sentía vacía. Pero con él tampoco estaba bien, por lo que se contentaba con tenerle en su vida y buscar emociones en las pequeñas cosas que formaban su rutina. Pero ella en cada bocanada, en cada inspiración deseaba cambiar esa forma de ver a través de la lluvia y de la niebla que rociaba y enmascaraba su voluntad.
Deseaba con todas sus fuerzas centrarse en un objetivo que aún no había encontrado. Y era por eso que se encontraba vacía, porqué quería con todas sus fuerzas a alguien con quién no sabía si sería feliz, con quién no sabía si tenía futuro, con quién no sabía si quería compartirlo todo, quería a alguien con el que le faltaban emociones y le sobraban las razones. Lo quería muchísimo pero no sabia si quería renunciar a ese huracán de sensaciones que con él no vivía y, era por eso. Era por eso por lo que se sentía vacía, porqué sabía que en realidad era ella la que había cambiado, era ella la que lo había estropeado todo con su manera de pensar y sus ganas de tener siempre la razón por encima de su mutilada conciencia. La culpa era suya y, cada vez que lo pensaba, lloraba. Lloraba por dentro, de impotencia, de ganas de hacer muchas cosas pero en realidad no tener fuerzas para terminar ninguna de ellas.
En ese segundo, los pensamientos se seguían sucediendo y en cada instante llegaba a conclusiones distintas que no sabía como procesar, como estructurar o como entender. Su mayor problema es que se daba cuenta de lo que le pasaba, entendía la complejidad de la psicología interna de su alma, pero no sabia como ordenar sus sentimientos, y de nuevo se sentía vacía.
Durante un momento, pensaba tanto que ese vacío se llenaba de todo tipo de perspicacias persecutorias, pero una vez las interpretaba y las almacenaba en la alacena de su recordar, el vacío se vislumbraba de nuevo como un pozo oscuro y sin final.
Y cuando acabó de leer el hilo de sus pensamientos se sintió protagonista de una tragicomedia. Se sintió absurda, se sintió tonta por no aprovechar su vida y sus sueños. Se sintió mal por sentirse mal mientras había gente que se moría. Se sintió mal por no valorar al máximo todo lo que la rodeaba, todo lo que alguna vez la había hecho llorar de risa o enamorarse de su vida.
Y lo que peor le sentó fue descubrir que tenía mucho miedo, descubrió que no se atrevía a hacer lo que realmente quería, tenía miedo a perder cosas por ganar otras y fue en aquel momento cuando lo supo, no antes, ni después, tan sólo durante un segundo, únicamente en ese preciso instante, supo que no se podía tener todo y que cuando una puerta se cerraba otra se abría. Pero seguía sin saber algo, no sabía lo que quería y lo peor era que tenía pánico a saberlo.
Soñar, volar, creer y volver a caer.
Cuanto más anhelaba algo, menos le importaba lo demás y era cuando sentía que iba a perderlo todo cuando empezó a revivir la sensación de desesperación. No, no de desesperación, sino de desenfreno cortés y de delicada e irremediable aquiescencia. Un ademán de certero mutismo emergía del nudo de su garganta en momentos como el que vivió en ese segundo interminable. Un segundo que duró una eternidad, que duró toda su vida, porqué fue su vida entera la que se congeló frente al mar de su recordar, fue la totalidad de sus sueños vividos y de los que le quedaban por vivir los que brotaron del oleaje repentino en el que se vio sumido su despertar.
Decían los que la querían que el pensar no debía ser la presa que contuviese su felicidad, que no lo pasara mal y que no era ella la única que debía tomar decisiones. Le decían que nada le apremiaba a decidir las cosas, pero ella no sentía que aquello fuese verdad, ella sentía constantemente la necesidad indecente de calificar cualquier estado calificable que formase parte de su vida.
Ella observaba por la ventana y veía gente paseando por la angosta calle que ascendía serpenteando hacia el andén de la estación olvidada de su mirada. Veía reír, veía hablar, veía felicidad, pero también veía rabia, agobio y desinterés en los expectantes viajeros de la estación inventada. Miraba buscando miradas perdidas, miradas perdidas como la suya, que se intentaban nutrir de emociones ajenas ya que su propia vida no les brindaba ninguna. Que duro reconocerlo, pero ella sabía que en su caso aquello no era cierto, todo lo que sentía sólo era el resultado de un segundo de frenética actividad en su mente. Su vida estaba llena de momentos inolvidables, de estallidos de alegría incontenible y de personas que se presentaban como un sustento fundamental, pero en aquel momento era presa de un misticismo inquebrantable que se traducía como el eco de un misterioso vacío.
Era simplemente eso, que sin él se sentía vacía. Pero con él tampoco estaba bien, por lo que se contentaba con tenerle en su vida y buscar emociones en las pequeñas cosas que formaban su rutina. Pero ella en cada bocanada, en cada inspiración deseaba cambiar esa forma de ver a través de la lluvia y de la niebla que rociaba y enmascaraba su voluntad.
Deseaba con todas sus fuerzas centrarse en un objetivo que aún no había encontrado. Y era por eso que se encontraba vacía, porqué quería con todas sus fuerzas a alguien con quién no sabía si sería feliz, con quién no sabía si tenía futuro, con quién no sabía si quería compartirlo todo, quería a alguien con el que le faltaban emociones y le sobraban las razones. Lo quería muchísimo pero no sabia si quería renunciar a ese huracán de sensaciones que con él no vivía y, era por eso. Era por eso por lo que se sentía vacía, porqué sabía que en realidad era ella la que había cambiado, era ella la que lo había estropeado todo con su manera de pensar y sus ganas de tener siempre la razón por encima de su mutilada conciencia. La culpa era suya y, cada vez que lo pensaba, lloraba. Lloraba por dentro, de impotencia, de ganas de hacer muchas cosas pero en realidad no tener fuerzas para terminar ninguna de ellas.
En ese segundo, los pensamientos se seguían sucediendo y en cada instante llegaba a conclusiones distintas que no sabía como procesar, como estructurar o como entender. Su mayor problema es que se daba cuenta de lo que le pasaba, entendía la complejidad de la psicología interna de su alma, pero no sabia como ordenar sus sentimientos, y de nuevo se sentía vacía.
Durante un momento, pensaba tanto que ese vacío se llenaba de todo tipo de perspicacias persecutorias, pero una vez las interpretaba y las almacenaba en la alacena de su recordar, el vacío se vislumbraba de nuevo como un pozo oscuro y sin final.
Y cuando acabó de leer el hilo de sus pensamientos se sintió protagonista de una tragicomedia. Se sintió absurda, se sintió tonta por no aprovechar su vida y sus sueños. Se sintió mal por sentirse mal mientras había gente que se moría. Se sintió mal por no valorar al máximo todo lo que la rodeaba, todo lo que alguna vez la había hecho llorar de risa o enamorarse de su vida.
Y lo que peor le sentó fue descubrir que tenía mucho miedo, descubrió que no se atrevía a hacer lo que realmente quería, tenía miedo a perder cosas por ganar otras y fue en aquel momento cuando lo supo, no antes, ni después, tan sólo durante un segundo, únicamente en ese preciso instante, supo que no se podía tener todo y que cuando una puerta se cerraba otra se abría. Pero seguía sin saber algo, no sabía lo que quería y lo peor era que tenía pánico a saberlo.

1 comment:
A pesar de tener la certeza absoluta de que las cosas son de una manera y así van a seguir,no se si para contradecir las leyes de Newton o para cumplir con las de Murphy,van y cambian.
Así de simple y así de complicado.Crees que hay alguien que te quiere hacer daño, crees además que quién te quiere hacer daño está equivocado y de pronto descubres que no sólo no te van a dañar sinó que te tienden una mano.Resulta que quién creías tu enemigo es tu amigo y no quiere decir que haya cambiado de bando sinó que tú lo situaste en el ejército enemigo,con el que no quería luchar.
No tengas miedo,no desconfies,la mano que te tienden está limpia y en la otra no se esconde un puñal.Todos hemos hecho dañoa nuestra manera pero de sabios es rectificar,esta vez me toca a mi.
Que sepas que es todo un orgullo ser tu primer comentario!!!!!
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