Sunday, December 14, 2008

Me miras, sonríes. Te veo, me muero. Me oyes, te giras. Te oigo, me invades. Caminas, te sigo. Corro, te alejas. Freno, te pierdes. Me olvidas, te recuerdo.


http://www.youtube.com/watch?v=hEdSL__ltDw

Cojamos las riendas, inventemos un sueño y olvidemos ese adiós.

Luchemos mientras la lluvia cae sin cesar, corramos hasta esa cueva, la que tantas veces nos cobijó. Plantemos en la entrada una bandera de hojalata que no ondee al viento, que vaya a contracorriente, que se oxide con el paso del tiempo, que sea un reflejo de lo que un día vivimos. Cerquemos la cueva, aislémonos del mundo, para que cuando nos miremos ni tú sonrías, ni yo me muera. Para que cuando nos miremos el mundo se agote y nada más exista. Para que cuando despertemos la vida sea sólo eso, un sueño.

Miénteme y yo también te mentiré, podemos hacer ver que nunca pasó nada, que lo único que se respira entre nosotros es vacío. O también podemos despertar de ese sueño infame y rendirnos a la comisura de la traición. La traición al tiempo, al sentido común y al odio que algún día albergamos.

Monday, July 07, 2008

No haberla conocido nunca… aún era incapaz de desearlo de verdad. A esas alturas, Javier, todavía no entendía cómo era posible que, siendo consciente de todo lo ocurrido, su presencia se le siguiese revelando en las esquinas y en los rincones más escondidos, clavándose en su piel como el frío del invierno en el norte.


Y se hacía el fuerte y salía y bebía... y volvía a su casa de madrugada, sintiéndose demasiado bien por momentos, pero la verdad era que ni durmiendo dejaba de dibujar su silueta en las costuras que entrelazaban los hilos de su imaginación. Sólo era capaz de llorar cuando no le quedaba más remedio que admitir que su vida se resumía en un boceto de ella y que todo lo demás eran imitaciones baratas que no estaban a la altura. En más de una ocasión había intentado romper su recuerdo y, a veces, desesperándose al no conseguirlo, con resaca en el pensamiento, adornaba el aire con puñetazos al azar, intentando alejar su rostro. Pero ella seguía ahí y sus sentidos todavía se estremecían al ver circular por la calle un coche como el suyo o al pasar frente al bar en el que siempre solían encontrarse.

Era por las noches, en aquellas más claras, cuando, sin más compañía que su almohada y el sudor agobiante de julio, la notaba más cerca. Notaba todavía su olor, su voz y, sobre todo, su risa. Los recordaba como si hubiesen estado ahí la noche anterior y dos años después, el tiempo no hubiese sido capaz de borrar ningún detalle. No podía dormirse, no podía dejar de pensar en cómo despistar a esa sombra que no paraba de seguirle. No sabía cómo seguir viviendo sin pensarla, no recordaba cómo lo hacía antes de conocerla, cómo lo hacía cuando la conocía pero aún no la quería, cuando eran amigos y aún no sabían lo que vendría.

Tuesday, May 27, 2008


El tren llegaba tarde. La espera era miel que le ponía en los labios el viaje que acababa de iniciar. Por primera vez apreciaba cada detalle, cada objeto, cada sensación y cada pensamiento presente en ella misma y a su alrededor. Todo ponía una nota de color distinta en el pentagrama nocturno que se dibujaba ante sus ojos. El banco del andén en el que se encontraba estaba frío y mal iluminado. Luciérnagas multicolor bailaban al son de la luz oxidada de la única farola de aquella estación olvidada. Los murmullos callados de esa noche escarlata se mezclaban en un extraño lienzo con el aliento a vacío y a soledad que se respiraba. Estaba disfrutando como nunca de la banalidad trascendente de sus actos y del libre albedrío al que se estaba prestando. A ratos, una sombra de duda le rozaba la piel y le erizaba el vello de la nuca. Tres veces cogió sus bártulos y tres veces los volvió a dejar, tres veces se levantó y otras tres se volvió a sentar. Había llegado hasta allí y no iba a ser la espera lo que le hiciese recular.

..........

Todo había empezado 24 horas antes.
Sonó el despertador y lo supo: ese día tocaba llegar tarde. Las zapatillas estaban al lado de la cama, el olor a café que cada mañana preparaba Francesca llegaba hasta su habitación y la ropa que había elegido tan cuidadosamente para ese gran día estaba donde la había dejado, colocada en el diván, junto a la cómoda. Sin embargo, aunque su vida entera parecía sacada del guión de una película, algo le seguía insinuando que iba a llegar tarde o que iba a llover o que el coche la iba a dejar tirada en mitad de la E15.
Pero nada de eso se cumplió. El día había amanecido soleado y una brisa primaveral circulaba por la ciudad después de 15 días de lluvias constantes. Su reunión de las diez transcurrió sin incidentes y, durante el almuerzo, todo el mundo la felicitó por el gran proyecto que había presentado. En la comida de celebración hubo muchas risas acompañadas de cava y unos aperitivos exquisitos, cortesía del mejor servicio de cattering de Lyon.

Pero esa sensación seguía pegada a su espalda, recordándole que había algo que no podía salir bien. Y como dicen que con miedo en el cuerpo no se puede vivir, al llegar a la habitación que tenía arrendada en la pensión Austris, situada en la Rue de la Platière, se preparó un baño. Llenó la bañera de agua y sales relajantes, y, sin darle más importancia que la que su vida le merecía, se metió dentro con el secador funcionando en mano… todo se oscureció. Sólo un instante antes había habido un apagón general en todo el sur de Francia.

Pasaron diez minutos y la conmoción no le dejaba distinguir si estaba en una especie de cielo húmedo o si seguía en el baño de la habitación 23. Y lo descubrió. Descubrió que lo que aquel día no iba a salir bien era el suicidio. Lloró durante 3 horas, de impotencia, de no ser capaz de intentarlo de nuevo, de tener que reconocer ante sí misma que había algo en el mundo que conocía que la obligaba a seguir viviendo.

Así que, con la misma celeridad con la que había cogido el secador, aquél 13 de mayo tomó la segunda decisión importante en su vida. Más importante que la elección de la carrera que había cursado, más importante que aceptar un trabajo lejos de su Lisboa natal, más importante que la decisión de dejar a su novio de toda la vida, más importante que todo lo que la vida le había dejado decidir hasta entonces.

Decidió irse, marcharse, decir au revoir a todo y emprender un viaje en busca del motivo que le impedía venderse a la muerte.

Saturday, May 24, 2008


- Oye, que hay que estudiar…, ¿por qué te pones a escribir?

- No sé… quizás porque es ahora mismo cuando menos tendría que perder tiempo con vocaciones perdidas, quizás porque lo que realmente debería estar haciendo me apetece menos que un bocadillo de anchoas con extra de sal, quizás por eso y por unas mil cosas más que hasta no hace mucho nunca me hubiera imaginado que pudiesen pasar.

- ¿Por qué?

- Pues porque para que todas esas cosas sucedieran a la vez parecía necesario que se alineasen Júpiter, Saturno y Venus en una de esas casualidades astrológicas, únicas y absurdas que tanto interés suelen despertar. Y, sin embargo, a veces, la casualidad es capaz de actuar pacientemente, moviendo sus fichas en el tablero de las situaciones imposibles, sin mostrar sus cartas hasta el momento cumbre, en el que el que le hace un jaque al sentido común.

- ¿Sólo un jaque? ¿Y la siguiente jugada?

- Tal y como están las cosas sólo queda esperar a que se colapse la vía láctea con la alineación de los 8 planetas restantes para que la partida aún no se decida y al mate le toque esperar.

- Cómo te gusta el drama, podrías emular a ese Shakespeare y escribir la secuela de Romeo y Julieta… o no, mejor, una de esas analogías…

- A ver, un planeta no tiene luz propia, no? Sino que refleja la luz del sol, igual que mi estado de ánimo no es tan pésimo como la exageración quiere hacer ver, sólo es la proyección anticipada de un junio que apesta a tensión y a silencio, de un junio que te quema la risa y las ganas de moverte, de un junio que te recuerda de golpe todo lo que no has hecho desde febrero.

- Bueno, 3 meses no se pueden reescribir en 2 semanas, pero, ya sea por suerte o por desgracia, el caso es que las figuras aún están en el tablero y, como nunca te ha gustado eso de perder, tendrás que seguir jugando, aunque ello implique forzar una sonrisa y hacer creer al mundo que los exámenes son extraordinariamente maravillosos...

- Eso de jugar a actuar está muy bien, pero ya puestos, también podemos confiar en esa baraja que no siempre espera en la manga, ¿sabes cuál es mi primera carta?

- ¿Un as?

- Siempre he pensado que traen SUERTE.

Thursday, May 01, 2008

Mi amiga tenía 4 paredes.

Todas estaban pintadas de aquél azul brillante e intenso que tanto le recordaba a alguien. La verdad es que siempre le habían encantado esas paredes porque al introducirse dentro de la celda que describían era capaz de aliviar el peso de su conciencia.

Se estaba contagiando de vanidad al aceptar la certeza de su suerte, la suerte de disponer de un refugio para el viento huracanado que solía soplar en el exterior, cuando un pequeño rayo dorado inundó el iris de sus ojos de un blanco cegador. Algo iba mal. Aquella luz había penetrado en su celda sin permiso. Su mirada se tornó asustadiza al vislumbrar un indicio inequívoco de grieta. Vio su expresión en el espejo y un escalofrío emergió del pozo de su memoria. No era una grieta normal, no era de esa clase de grietas que pueden disimularse con un poco de maña y argamasa. Era el tipo de grietas que se incuban durante mucho tiempo antes de dar la cara, pero una vez lo hacen ya no hay vuelta atrás, o se tira la pared dejando al descubierto todo lo que intentaba esconder o se acaba cayendo por su propio peso.

Pero en ese momento no le importaba que hacer con la maldita pared defectuosa, lo único que veía era que el azul estaba roto y que por la grieta se empezaría a escapar tímidamente el brillo seguido por la intensidad. Se empezarían a escapar los colores que animaban sus recuerdos hasta dejar que el último vestigio de su memoria fuese un fotograma estático en escala de grises. Pero quizás lo que más miedo le daba no era ser incapaz de recordar, sino no ser capaz de encontrar una excusa en el pasado para explicar el desprecio que en ocasiones se tenía a sí misma.

Y no quería quedarse sin nada, por eso tiró la pared con un puñetazo de hielo y rabia que no dejó un solo rasguño en sus nudillos. No hubo sangre sólo restos de pintura azul caramelizada que volaron muy alto y nunca volvió a ver pero tampoco olvidó. Nunca olvidó aquella primera vez que descubrió el destello dorado que desprendía aquél azul cuando el sol de aquél enero le regalaba su luz. Nunca lo olvidaría aunque fuera eso lo único que se le permitiese recordar.

No levantó otra pared, sino que en cada una de las que se mantenían en pie grabó tres verdades con una sonrisa que prometía batallas perdidas. Y desde entonces cuando se rinde y piensa en olvidar, siempre las repite: no hay peor nostalgia que la que no se es capaz de sentir, no hay peor error que el que no se es capaz de recordar, ni peor sensación que la de haberse perdido en el tiempo y no saber volver...

Wednesday, April 16, 2008

Oí tu voz.

Casi daban las ocho de una tarde gris y de lo menos sugerente. En el recuerdo de mi imaginación la neblina de Barcelona se cernía agitada sobre las cúpulas doradas ausentes en los edificios de mi barrio. Había panfletos consumistas esparcidos por las vías de mi memoria que vibraban acompañados por una brisa oriental. No llovía pero el ambiente era húmedo y la mezcla de sonidos me superaba destiñendo mis pensamientos: se oían bocinas insípidas, murmullo de pasos cansados y respiraciones amortiguadas por suspiros rápidos. Mi mirada observaba el suelo y descubría siluetas de peatones que perfilaban sombras en el suelo. Y creo que ese día el suelo debía ser casi de cristal porque los pasos de la gente eran breves y vacilantes, como si les asaltase el miedo a romper todo lo que les sostenía. La fragilidad de la vida, de los sueños y de las decisiones me sumió en un íntimo debate emocional cuando, de repente, alguien con su tacón de aguja logró resquebrajar el suelo. Y miré alrededor, giré mi cabeza y guié mi mirada buscando con un énfasis desmesurado algún motivo para el escandaloso escenario que poco a poco iba descubriendo. La gente caía sin gracia sobre el cristal, como si fuesen meros títeres, muñecos inertes sin oficio ni beneficio. Y yo era la única que seguía de pie en una ciudad rota por el rencor, por la envidia, por el resentimiento y por todo el dolor que tiene cabida en el corazón de una marioneta.

Y aunque esa tarde estaba teñida de gris, en mi imaginación el suelo sangraba un rojo que contrastaba con el ocre del atardecer. El miedo al futuro se hizo patente otra vez. Otra de tantas veces en las que gana la carrera y rompe toda esa fachada que había costado tanto reconstruir. Otra de tantas veces en las que el futuro consume cualquier atisbo de seguridad o estabilidad al que uno se consigue aferrar. Y, mientras mis pisadas se hacían eco de la fragilidad que me envolvía, el viento incipiente de mayo me adelantó y dejó de soplar en el pasado. Puede que el culpable no fuese el viento, pero el tiempo se detuvo durante un segundo. Y me volví. Y miré atrás.

Y fue entonces cuando te oí. O quizás, simplemente, soñé por un momento que te oía. Soñé con el recuerdo de tu voz diciendo: pide cena para dos.

Monday, January 21, 2008


¿No te ha pasado nunca que, porqué sí, sin motivo aparente, te das cuenta de que sientes mal?

La sensación viene de repente, todo parecía marchar sobre ruedas, pero ya no, simplemente algo hace click en tu cabeza y todo pasa a ser una mierda, todo sin excepción.

Y en el fondo sabes por qué es, sabes qué es lo único que te devolvería las ganas de levantarte por las mañanas, pero también sabes que está demasiado lejos y que, en parte, la culpa es tuya. Y eso es lo más duro, ver que lo que más necesitas, deseas y quieres cada vez se aleja más y más, hasta quién sabe dónde.


Y ves que, aunque esos clicks cada vez sean más esporádicos, siguen surgiendo espontáneamente sin dejarte avanzar. Y tu día a día se convierte en una forma de evadir tus sentimientos para que no se agrupen en un nuevo click, porque cada vez que te sobreviene uno notas como va calando más hondo y te va destrozando más.


Y no puedes superarlo o quizás sea que no quieres, no lo sabes. Tu vida sólo consiste en distraer tus emociones igual que despistas al café removiéndolo con una cucharilla para que no note la presencia de azúcar. Pero después de la distracción llega la calma, todo vuelve a su estado natural y aunque el café haya dejado de ser amargo, tu vida no.


Y sigues anhelando el día en que el mundo se dé cuenta de que ya has pagado por todo y de que te mereces un poco de azúcar en la lotería de la vida. Y crees que con eso te conformarás, pero no te engañes, tú no quieres cualquier azúcar, quieres el de la bolsita que dejaste a la mitad la última vez que te bebiste aquél café que no estaba amargo.